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LA MAGIA DEL ENCUENTRO
Una línea recta marca la distancia
entre tu casa y mis zapatos.
Me han llamado los relojes,
un pájaro salvaje picotea
en el rincón oscuro donde nadie nos encuentra.
Qué extraña sensación me trae este aguacero
que se desploma a raudales por el hueco de la aguja.
Eras un enigma en el agua que batía
alrededor de tu ropa y tu cabello.
Lo inalcanzable eras, gota
de tiempo en la bartolina de los años.
El cuello de un cisne en la marcha forzada de los días,
oasis en la pesadilla de una boca soñolienta.
Un día y otro día se parecen
a esas carretas de chirriar cansado.
Y yo dentro de ellas,
con las piernas abiertas sobre el tablado polvoriento.
¿Quién te trajo a mí? A veces
hasta creo en lámparas.
Hasta el aliento desde una distancia incalculable
se tensó una cuerda, por la que caminamos al encuentro
para comenzar la ruta más cercana,
la palma de la mano sobre el alquitrabe de los hombros,
bálsamo que cicatriza en las entrañas.
Una línea recta marca la distancia entre mi espacio y tus secretos
como si no hubiera más
remedio que sentirte en la humedad de mis sábanas insomnes,
hacer el eco donde
retumban las paredes que se desmoronan y levantan
a cada palabra que se arrastra por el aire.
Somos descubridores de un vasto mundo nuevo.
Te siento en mí. Mi bondad se viste
cada día con un traje diferente.
Hay un renacer que no necesita la alborada
ni las furtivas luces que se escapan a la noche,
ni los relámpagos como puñales en las nubes,
ni las palabras como ramillete de espejismos.
Esta necesidad la siento en mí
con tu sonrisa, aun luz en la distancia.
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